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Magno Pregón Semana Santa Valdepeñas 2026

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Magno Pregón Semana Santa Valdepeñas 2026

Cofradía de Jesús Caído y María Santísima de la Esperanza (Valdepeñas)
Publicado de Roberto Muñoz Fernández (hermano, creador y mantendor de la página web) en Noticias · Domingo 22 Mar 2026 · Tiempo de lectura 28:00
MAGNO PREGÓN DE LA SEMANA SANTA DE VALDEPEÑAS 2026
 
 
Carmelo Navas López
 
 
 
21 de marzo de 2026
 
Teatro Auditorio Municipal “Francisco Nieva”

PRÓLOGO

¿No te has equivocado, querida?


Eres madre y eres novia
con motivos, orgullosa.
Eres grande y luchadora
y sin merecerlo eres mía.
Eres la que hiere y la que cuida.
Eres, Valdepeñas,
la ciudad que me dio la vida.


Y por eso, te pregunto:
¿No te has equivocado, querida?


Eres madre de poetas, novia de pintores,
amor de grandes músicos y el pan de agricultores.
Y te acuerdas de mí, que no llego a ser ni músico ni poeta,
que fui bautizado en las periferias de tu belleza
y que me he ganado la vida tan lejos…
Te acuerdas de este niño que no se atrevía a hablarte,
ni siquiera a recorrer tus calles si no se escondía detrás de su tambor.


Ya no hay vuelta atrás.
Ya estamos tú y yo, a solas. Frente a frente.
Tú, la muy heroica, frente a mí.
Yo, nervioso y abrumado, me dispongo a hablarte.
Y más que a hablarte, a cantarte.
Porque hoy mi pregón quiere ser un canto.

-Un canto donde yo pongo la melodía y tú la armonía.
Un canto que unas veces es consuelo y otras, desasosiego.
Un canto que pretende encender tu corazón para que no te duermas.

Vamos, mi Valdepeñas querida, que ya llega la Semana grande.
Que ya vuelve a oler a incienso, que ya reluce la plata y las cuadrillas
ensayan.
Vamos que ya suenan las bandas y hay bullicio en las parroquias.

No te duermas querida. No vaya a ser que la repetición de los ritos le
quite novedad al misterio.
No te duermas, que palpite tu corazón color vino y grana.
No te equivoques y pon tus ojos en aquel que vino al mundo
y el mundo le dio la espalda.

Hoy se escribe una página más en nuestra relación de amor, querida.
Hoy, mi Valdepeñas, me invitas a hablar de tu semana grande.
Hoy nos reúnes a todos estos, que queremos ser santos.
Y nos invitas a mirar al pasado, al presente y al futuro.

Porque no hay pasado sin raíces,
sin sentirnos hijos tuyos y de tu rica tierra.
Porque no hay presente sin los que aquí estamos.
Y el futuro… ay el futuro… del futuro sólo Dios sabe
y hoy nos ponemos en sus manos.

En manos de Dios estamos.
Ese Dios que anda por tus calles cada primavera.

Ese Dios que hace de ti, Valdepeñas,
nuestro amor y nuestra delicia
cuando sale a tus calles y nos enamora.

Ese Dios que hace de ti, querida,
la ciudad donde la vida pasa y el cielo nos espera.


SALUDO ASISTENTES

Señor alcalde de la ciudad de Valdepeñas,
Señora teniente de alcalde de cultura, turismo y hacienda,
Señora concejal de Hermandades,
Miembros del Equipo de gobierno que hoy nos acompañáis,
Señor presidente de la Agrupación de Hermandades y Cofradías de
Valdepeñas,
Miembros de la Agrupación de Hermandades y Cofradías,
saludo cordialmente a su presidente y a su secretario
y os doy las gracias por esta oportunidad de estar aquí.
Consiliario y sacerdotes que nos acompañáis,
Hermanos y Hermanas Mayores de las Hermandades y Cofradías de
Valdepeñas
Cofrade ejemplar, querida Pilar,
Miembros de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado,
Hermanos de las Hermandades, Cofradías y grupos parroquiales
Familiares, compañeros y amigos.
Muchas gracias a todos por estar aquí.


CAPÍTULO I
Vida oculta de Jesús

Pasados innumerables siglos desde la creación del mundo, cuando en el principio
Dios creó el cielo y la tierra y formó al hombre a su imagen;
después también de muchos siglos, desde que el Altísimo pusiera su arco en las
nubes tras el diluvio como signo de alianza y de paz;
veintiún siglos después de la emigración de Abrahán, nuestro padre en la fe, de Ur
de Caldea;
trece siglos después de la salida del pueblo de Israel de Egipto bajo la guía de
Moisés;
cerca de mil años después de que David fuera ungido como rey;
en la semana sesenta y cinco según la profecía de Daniel;
en la Olimpíada ciento noventa y cuatro, el año setecientos cincuenta y dos de la
fundación de la Urbe, el año cuarenta y dos del imperio de César Octavio Augusto;
estando todo el orbe en paz, Jesucristo, Dios eterno e Hijo del eterno Padre,
queriendo consagrar el mundo con su piadosísima venida, nace en Belén de Judea,
hecho hombre de María Virgen.

El martirologio que se lee en la misa de nochebuena - que me encanta y no
se me ha ocurrido mejor manera de comenzar este pregón – nos sitúa a
Jesús en el espacio temporal en el que vivió su vida en la Tierra.

Hoy ningún historiador de prestigio niega la existencia de Jesús. Y, a poco
que nos sumerjamos en un estudio de la evolución de la humanidad,
comprenderemos enseguida que no existía mejor momento histórico para
que Dios mismo se hiciera humano. Es como si toda la historia, desde el
minuto uno, se hubiera ido preparando para este momento culminante en
el que Dios entró de manera definitiva en ella para llevar a cabo su plan de
redención.

Y ¿qué pasó? No pasó nada.

Una humilde muchacha, en la región de Galilea, tuvo a un niño en el
anonimato. Un carpintero hace como padre y le reconocen unos
descartados de la sociedad, unos pastores, que no podían cumplir el sabat
y que no podían pasar al templo.
Este niño pasa treinta años de su vida en los que apenas sabemos nada y
que por eso le llamamos vida oculta.

¿Cómo fue tu niñez, Jesús? -podríamos preguntarle- ¿Cómo fue tu
adolescencia?

El año pasado conocí a Jesús joven en la parroquia donde he vivido
intensamente mi niñez y mi adolescencia. Una imagen que portan niños y
adolescentes el Domingo de Ramos, día que la Iglesia celebra la jornada
mundial de la juventud.
Cuando le vi, me quedé mirando y le dije:

Aquí hay algo que no me encaja:
¿No deberías ser, en tu imagen, más infantil?
No sé, ocultar la cruz y sonreír un poco.
Porque con estas condiciones,
hay que estar un poco loco
para quererte seguir.

- Que va - me dijiste.

Al contrario, y tú lo sabes.
Ofrecemos a nuestros chicos nubes de algodones,
derechos y adicciones.
Y luego, ¿cómo cargan con su cruz?
¿Cómo aprenden las lecciones que la vida les reclama
si no han aprendido a amar,
porque han llegado, antes que al amor, a la cama?

¿Quién les enseña a cargar con su cruz
sin querer borrar su vida,
a luchar contra abusones
que esconden sus mentiras?

Yo les ofrezco esto,
que es la verdadera vida.
Por eso soy Bondad,
porque no le oculto
que cargo con la cruz
a aquel a quien me siga.


CAPÍTULO II
Domingo de Ramos

Después de esos treinta años de anonimato, un Jesús adulto y con clara
conciencia de quién es, se dirige al Jordán a ser bautizado por Juan. Recorre
aldeas y pueblos anunciando, con signos y palabras, que el Reino de su
Padre ha llegado. Cura a enfermos, sana a endemoniados y elige a doce
amigos para que le acompañen.


A veces dudo de, si ese maestro de Nazaret viniera hoy a hablarnos, sería
capaz de juntar al menos a diez personas en cualquier plaza de
Valdepeñas, o algunos likes en cualquier red social.
Y sin embargo, me atrevo a decir que creo que el mundo entero se ha dado
golpes de pecho desde ese momento por no haber reconocido, como se
mereció, al Hijo eterno del Padre hecho carne por nosotros.
Es como si los que hemos querido seguir sus enseñanzas tras esos
acontecimientos, hubiéramos tratado de enmendar el trato tan lamentable
que sufrió nuestro Señor.

Yo le he hecho muchas veces al Señor estas preguntas:
¿Por qué, Señor, no nací cuando tú?
¿Por qué no pude verte andar por los caminos
predicando a los viejos, y curando a los niños?
¿Por qué no te vi en el mar de Galilea,
multiplicando panes y andando por las aldeas?
¿Por qué, Señor, no pude andar contigo,
mientras cargabas con la cruz,
y subías al monte a recibir el castigo
que el mundo merecía
y que recibiste tú?

Y es que nuestra Semana Santa, la Semana Santa de todo el mundo, no deja
de ser esto: el anhelo de los cristianos de todos los siglos y de todos los
rincones del mundo, por revivir los últimos momentos del Nazareno al
que seguimos. Un Nazareno que vivió hace dos mil y pico años y que, sin
embargo, su vida y su mensaje siguen siendo para nosotros hoy proyecto
de vida. Nosotros le seguimos amando y queremos, necesitamos, revivirlo.

Por eso, Valdepeñas, nuestra Valdepeñas deja de serlo durante una semana
para convertirse en Jerusalén. Los niños visten de hebreos, la carrera oficial
luce sus mejores galas, las parroquias bullen de gente y, al llegar el
domingo de Ramos, vuelve a sonar de nuevo la voz del Maestro.
Valdepeñas, que ya es un poco más Jerusalén, ve cómo anda por sus calles
Jesús sobre su pollino.
Es domingo de Ramos, Valdepeñas. Es domingo de alegría. Es el momento
que muchos esperamos durante todo el año. Cofrades, músicos, floristas,
artistas, fotógrafos... fieles. Fieles a nuestro Rey de Reyes que un año más
sale a bendecir las calles de nuestra ciudad.

¿Lo de todos los años? ¿Por qué no?
Sí, lo de todos los años, pero no por costumbre,
ni por tradición, ni siquiera como reclamo turístico.

Sales, Señor, cada Domingo de Ramos
porque cada año hay cristianos
que queremos caminar a tu lado
como si este Domingo fuera el primero.

Y te cantamos Hosanna
y te decimos que eres nuestro rey.
Porque eres nuestro Pastor
y nosotros queremos ser tu grey.

Ya es domingo de alegría
y al verte en la calle
se sobrecoge el alma
con cada detalle
del niño que estrena
y la abuela que mira.

Vienes señor en un pollino
cumpliendo la profecía
porque eres el que esperaron
Moisés y Zacarías.

Ya canta tu pueblo y se alegra
porque es domingo de Ramos
y la Semana Grande ya empieza
y ya pasa, y como un suspiro,
se nos va de las manos.

Que no se nos pase, Señor,
este tiempo de gracia
y que lo vivamos como tú quieres
y así será esta semana santa.


CAPÍTULO III
Jueves Santo

Cuando uno tiene el privilegio de estar hoy en este atril y se siente tan
indigno y honrado a la vez, no puede sino agradecer a quienes le han traído
hasta aquí. En primer lugar, agradezco a mi familia el don de la vida y el
don de la fe. Fui un niño deseado, el primer nieto varón de mi familia
materna, Carmelo por mi abuelo paterno. Agradezco también a mi
parroquia de Santa María Magdalena, con sus pastores, sus catequistas y
el coro parroquial que hayan cuidado y avivado en mí este don tan
precioso de la fe. Y, aunque sé que me voy a dejar a muchos, me quiero
acordar también de la parroquia del Lucero, con su gente, en especial con
su párroco que tanto me ha ayudado y me ayuda.

Volviendo a mi infancia, desde pequeño he sido un niño religioso y he
encontrado en mi amigo Darío, en la infancia, y Omar en la adolescencia,
los aliados perfectos para jugar a las procesiones y para revivir de una u
otra forma la pasión y muerte de Jesús.

Traigo esto a colación porque recuerdo interminables los primeros días de
vacaciones, Lunes y Martes Santo, con el anhelo de que llegaran ya las
procesiones. Y era con ellos, con mis amigos de la infancia, con quienes
convertíamos una caja de zapatos en un portentoso trono que salía de una
majestuosa iglesia, para la que nos servía una caja un poco más grande,
donde entrara todo el cortejo de playmobil y así matar el tiempo hasta que
llegaran los días fuertes de la semana grande: el Triduo Pascual.

Entrar a cualquier iglesia Jueves Santo es especial:

Se respira un ambiente sagrado,
el monumento ya está preparado
los coros ensayan los últimos cantos
y se disponen los que van a ser lavados.

Se prepara un gran banquete,
donde el anfitrión se hace alimento,
porque alimentarnos quiere
por medio de sus sacerdotes
que le hacen sacramento.

Sueño con ese primer Jueves Santo
donde tus manos partieron el pan de la vida
en medio de tus amigos
que presentían tu partida.

Y te quedas, Señor en el Monumento
porque quieres que en el Sagrario
te demos nuestro aliento
para pasar esta última noche
de oración y prendimiento.

No quiero dejarte solo, Señor.
Pero siento que no rezo,
al menos no como tú,
como me enseñaste en el huerto.
Con la mirada al cielo y tu cuerpo recto
implorando a tu Padre que se haga lo correcto.

Y después te prenden, Señor,
esa guardia romana a la que quiero parar
porque no quiero que te lleven,
no como a un condenado más.

Pero es inevitable Señor,
porque ese beso te ha vendido.
El beso de tu amigo,
el que tú tanto has querido.

¿Y no te he dado yo de esos besos, Señor?
¿No he dicho yo ser también tu amigo
pero he te terminado negando
por no haberte entendido?

Es por esto que me recorre la Amargura
y voy en brazos de tu Madre
que te busca con san Juan,
el discípulo al que amaste
y que te supo escuchar.
Porque si me siento Judas
por haberte negado,
solo en brazos de tu madre
me siento consolado.

Porque hace suya mi amargura,
Y me pongo a su lado
como discípulo amado,
otro Juan, pero callado.

Porque no me atrevo a pronunciar palabra
cuando te veo prendido,
preso por mis pecados.

Por eso Señor, Pan de Vida, Sacerdote eterno,
aguarda conmigo este Jueves,
que quiero tenerte a mi lado.

Porque no hay Jueves más santo
que el de estar en tu regazo;
porque no hay santidad,
sin estar en tus brazos.


CAPÍTULO IV
Un preso rescatado

Me he preguntado muchas veces cómo fue la primera noche del Jueves al
Viernes Santo. La ciudad de Jerusalén debía estar a rebosar de gente
llegada de Galilea, de Judea y de la Diáspora para celebrar la Pascua. Entre
esa algarabía la gente vería pasar, rumbo a casa de Anás, a unos soldados
con un preso del que se había oído hablar que curaba a enfermos y
enseñaba en las sinagogas. Detrás, algunos de sus discípulos llenos de
miedo. Negando, incluso, conocerle. Imagino que muchos se acercarían a
declarar, por tener algo de protagonismo. Otros, por ganarse algunas
perras al dejarse sobornar y a muchos les comería la curiosidad.

Y tú… ¿Tú qué sentías, Señor? ¿en qué pensabas?

Confieso que soy un cofrade raro. Raro porque, aunque mi tío Juan sí lo ha
hecho, yo nunca he vestido una túnica de nazareno. Nunca he rezado bajo
un capirote. Pero a pesar de eso me siento cofrade. Me he sentido siempre
cofrade músico.
Músico porque desde los ocho años he recorrido las procesiones al lado de
mi maestro Ibáñez, con mi tambor primero y con el instrumento que me
tocara después. Y cofrade porque para mí es imposible no rezar detrás de
cada imagen de Jesús o de su Madre mientras camina por mi ciudad.

Pero si hay un momento
que me enamora cada Madrugá
es cuando Jesús sube la cuesta el Palacio
a paso lento, casi sin andar.

Los gritos y voceríos de Jerusalén,
cuando te llevaban prendido ante Caifás
hoy son silencio, reverencia y oración
de tus hombres de un trono que parece navegar.

Y yo, de músico, que te veo llegar a la Plaza,
te espero donde está tu Madre
que ya parece que te alcanza
para secar tus lágrimas y ver tu rostro,
Nazareno del alma, Nazareno
Rescatado que rescatas a otros.

Porque es tu Valdepeñas,
de reforma Trinitaria,
la que bendices cada viernes
que sabe a Madrugada.

Y que te reza cuando las uvas cosecha,
uvas que darán el vino que convertiste en tu sangre
que en la cruz derramaste como cosa hecha
para hacernos libres de la muerte que nos acecha.

Y ahí está, Jesús, ahí está tu madre bendita,
sola y rota de dolor por el hijo que le quitan.
Porque no hay mayor pena que el Hijo de sus entrañas
quiera dar la vida por los cautivos,
que son tantos como los perdidos
que buscaron vida por equivocados caminos.

Mírala, Jesús Nazareno
y mira a tu Valdepeñas
que hoy guarda silencio.


Porque al llegar a la plaza
sobrecoges al Cielo
que llora porque te vas;
junto al Padre que te espera
y al Espíritu que nos das

para que seamos contigo uno,
como el Dios Trinidad.


CAPÍTULO V
Un cautivo coronado

Cuentan los evangelios que fueron dos los juicios a los que se enfrentó
Jesús. El primero fue un juicio religioso, hecho por las autoridades
religiosas judías. Jesús es condenado por blasfemo, por afirmar quién es: el
Hijo de Dios. Decir lo contrario sería negar la verdad. Y es por tanto la
verdad, el ser quien es, lo que le conduce a la muerte.

Pero hacía falta también un juicio civil. Los judíos no tenían potestad de
condenar a muerte. Por tanto, lo llevan ante el gobernador civil para que
lo someta a un juicio donde nadie le defiende, ni siquiera él a sí mismo, y
donde la pregunta que más importa es si se considera rey.

Cuánto tiempo cautivo, mi Señor.
Andando de juicio en juicio.
Tanto que, el Lucero no puede esperar
y adelanta al miércoles tu cautiverio
porque necesita verte ya.

Necesita ver las manos
que curaron a tanta gente
atadas como delincuente
que solo quiere hacernos hermanos.

De juicio en juicio, Señor.
Porque a nadie has dejado indiferente
ni al romano que te cambió por barrabás
ni al judío que guardaba su religiosidad.

Ni siquiera hoy te dejan en paz:
desde el científico que,
en vano, te quiere negar,
hasta el filósofo más inteligente.

Y aguardas como cordero,
Cautivo, recorriendo el Lucero,
como si la cosa no fuera contigo,
llevado por tus costaleros.

¿Cómo no va a ir contigo, Señor?
¿Pero no has visto que ha salido el barrio entero
a ver tus manos benditas,
a decirte que hoy tu barrio
se convierte en macareno
porque tú eres la esperanza
que marca nuestro sendero?

Que es en esta paradoja,
de verte mirando al suelo,
cuando parece que todo está perdido
y que no cabe el consuelo,

que aparece tu Madre,
de verde esperanza,
con lágrimas en los ojos sí,
pero mirando al cielo.

Recordando el hágase
que le contestó aquel día
al arcángel que le dijo
“Dios te salve, María”.

Y por eso no me dura
ni un minuto más del llanto,
aunque te vea cautivo
y se me apague el canto.

Porque me cojo a la mano de tu madre,
esperanza de los cristianos,
que Macarena es su nombre
y la esperanza, sus manos.

Y entre tanto, las autoridades manipulan a las masas para que elijan
convivir con un ladrón en lugar de verte en libertad.

Caes en manos de unos soldados que juegan contigo porque no saben
quién eres de verdad.

Y sin darse cuenta, te están proclamando rey.
Que es en realidad quien eres.
Pero no al estilo de este mundo.
Por eso es normal que les desconciertes.

¿Dónde están ahora los que te gritaban: “hosanna hijo de David”?
¿Dónde están ahora los que te jaleaban como rey el domingo de Ramos?
Qué cambio tan drástico en tan poco tiempo, ¿no?

Qué corona tan distinta la que luces,
a la de un rey normal.
Qué cetro tan diferente
al que cabe esperar.

Qué dulzura en tu rostro,
qué delicadeza en tus manos.
¿Pero cómo se puede ser rey,
si ya llegaste en un asno?

Pues esta es tu manera de pensar
aunque el mundo no la entienda.
Prefieres guardar silencio
y que la verdad se extienda
entre los hombres de buena voluntad.

Las mujeres te mecen, Señor,
en tu trono que el Lucero pasea
porque quieren consolarte
y que el mundo vea

que esta corona de espinas
que ciñe tus sienes
es la que tú elegiste
para que los humildes crean.


CAPÍTULO VI
Ha llegado la hora

Y después del juicio y del lavatorio,
donde Pilato sacude cualquier tipo de conciencia
eres condenado culpable, como chivo expiatorio,
y cargas con la cruz siendo toda inocencia.

Cruz de Madrugá, de nuevo,
que sacude las almas
al ver al Nazareno
cargando con la humanidad
siendo él el Verbo
que ya estaba en la creación
por amor eterno.

Cargas con la cruz
y amanecido el viernes
se estremece Valdepeñas
cuando el sol está en lo alto
al ver que con la cruz no puedes
y te caes exhausto.

Y sale un tal Simón
que venía del campo
para ayudarte a ti
a cumplir el mandato.

A ti que a tantos has curado,
te acompaña tu Madre,
Salud, del Hijo amado.

Amado, como Juan,
discípulo entregado,
que no se separa del Maestro
ni de su Madre, por encargo;

que le darás en la cruz
que tanto te está pesando
pero no te pesa la madera,
te pesan mis pecados.

Quién fuera Verónica, Señor,
para limpiar tu rostro
y que me regales tu imagen
como a tu fiel devoto.

Y claro que puedo, Señor, escucho que me dices.
Puedo y debo ser Verónica con aquellos infelices
que, entre guerras e injusticias, son tu rostro
en el mundo de hoy, que está tan roto.

Te quitan tus vestiduras
y me pregunto callado
si no contrastan los trajes
que vestimos los cristianos
con verte a ti desnudo
en este Viernes que es santo.

Ya está todo preparado,
ya los clavos resuenan en la cruz
y una Madre, la esperanza,
te sigue ti, Jesús.

Ya se cierran las puertas
de la Asunción de Nuestra Señora
Ya se sabe el destino
de un pueblo que te llora
porque el tiempo está cumplido:
ha llegado la hora.


CAPÍTULO VII
Amor por las almas

Entre los consejos que me han dado algunas personas de buena voluntad
para hacer este pregón, una persona me dijo: si no quieres -porque no
quería- no hables mucho de ti. Pero algo tienes contar: de tus orígenes, de
cómo empezó tu pasión por la Semana Santa de tu pueblo. Y algo ya he
contado, algo de la infancia, sobre todo. He dicho que he sido un niño
religioso. Pero no he dicho que fui un adolescente rebelde. Me aparté, no
sé si mucho o si poco, dudé, pregunté, experimenté… Digamos que lo
típico de la adolescencia.

Pero hubo un momento, que tiene poco de místico y mucho de cotidiano,
que recuerdo como el comienzo de la vuelta a Casa: el falso techo de mi
parroquia de Cachiporro se cae. Y esta parroquia humilde se mete en una
obra, con muchos quebraderos de cabeza, a ver cómo podemos cambiar el
techo para que aguante un poco más. Y ya que estamos cambiamos la
iluminación, y ya que… ya que… pues cambiamos también el Cristo del
altar.

Recuerdo nítidamente el momento en que, una tarde en casa, mi padre, que
estaba en el Consejo Parroquial, me enseñó en primicia la imagen del Cristo
que se iba a comprar. “Mira Carmelo, a ver qué te parece” y ese fue nuestro
primer encuentro de un amor que aún hoy permanece.

Porque en ti, Señor de señores,
descubrí que no daba miedo la libertad,
que tu cruz es respuesta real
para un mundo que huye en temores.

Que este amor a tus brazos extendidos
que me hizo despertar de la adolescencia
y me llamó a entregarte la vida,

es amor por las almas de un barrio
que llora las partidas
cada vez que al camposanto se dirigen
los valdepeñeros entre sollozos de despedida.

Es por eso que el Domingo de Ramos
como prólogo de lo que viene,
tras escuchar la Pasión
y tus palabras, que son siete,

sales a bendecir a tu barrio
diciéndole que ni la muerte
borra este amor tan grande
que tú nos demuestras y sientes.

Amor, Jesús, es lo que eres,
amor, Jesús, y basta. Siempre.


CAPÍTULO VIII
Misericordia y martirio

Si el Cristo de las almas es mi amor de adolescencia y juventud, el Cristo
de la Misericordia fue mi amor de la infancia. Soy el mayor de tres
hermanos, hijo de un agricultor, ahora camionero, y de una admirable ama
de casa, que ahora trabaja en la Residencia de las Hermanitas de los
Ancianos Desamparados. El caso es que en mi casa, durante mi infancia,
hemos tenido viñas. Y cuando había que ir al campo por la mañana,
aunque fuera domingo, la familia entera íbamos a misa por la tarde, que
no había en Santa María Magdalena, pero sí había en el Santo Cristo.

Y así, un niño que se aburría en misa y miraba a la cruz,
aprendió que el “te quiero” más sincero
no era el que nos venden ahora por san Valentín
sin el corazón traspasado y sagrado de Jesús.

Y es que el barrio que lleva tu nombre
ya no puede esperar tanto
y adelanta al Jueves
lo que el Viernes ya es en acto.

Que es admirar al que traspasaron
por la lanza del costado
de miseria de los hombres
que asume el Dios humano.

Y te canta mi coro, silente,
encarnando a tu pueblo entero
que llora por tu muerte,
único Dios verdadero.

No se puede dar más amor,
por eso Misericordia,
porque no se puede gritar más fuerte
que nuestra miseria y la del mundo
en tu cruz encuentran muerte,
cuando Valdepeñas al verte
se conmueve de dolor.

Y tú, Madre, en silencio le acompañas.
Si acaso, con un leve susurro
de marchas fúnebres que toca mi banda,
Madre santa de la Palma.

Palma que no es de olivo sino de martirio.
Esa palma gloriosa que reciben tus hijos
cuando han derramado la sangre como el tuyo
dando testimonio del amor a Él y a los perdidos.

Palma coronada en el Cielo
y por tu pueblo bendito
que es tu Iglesia, que es Siloé,
que es tu barrio del Cristo.


CAPÍTULO IX
Silencio en el sepulcro

¿No bastaba con un crucificado, Valdepeñas?
¿Por qué tres?
¿No bastaba con el Cristo del amor y de las almas y con el Cristo de la
Misericordia?
¿Necesitas otra vez, Valdepeñas, ver el sufrimiento de tu Señor?
¿Verlo en la cruz agonizando?

Y mientras te pregunto pienso:
¿No será que lo que necesitas es, precisamente,
que te hablen de nuevo de la muerte?
¿No será que en este siglo en el que ya no es tema tabú el sexo,
en el que tantos se pierden, sí lo es la muerte
mientras muchos consumen ácidos y proteínas
que disimulan el paso de los años,
como si esta vida fuera a ser para siempre?

Pues ya se abren de nuevo las puertas de la Asunción y sale la mirada más
profunda, más serena y más embaucadora que vive en Valdepeñas. Esa
mirada hacia el Cielo, hacia donde a tantos se nos olvida mirar cuando peor
estamos.

Sales Jesús, pidiendo a tu Padre
que perdone a los que te matan
porque no saben lo que hacen.

Se hace tarde, y es Viernes Santo,
y de tu grito, se rasga el Cielo
pues hasta el Padre está llorando.

Todo se ha cumplido, Señor,
y mientras tanto,
desciendes de la cruz
para caer en sus brazos.

En brazos de tu Madre
que rememora el encanto
de la cueva de Belén,
cuando te meció tras el parto.

Ya todo está cumplido,
le dice Juan al oído.
Y con sumo cuidado
te llevan tus amigos
a un sepulcro nuevo
que hoy es de plata
y lo portan tus costaleros.

Para recorrer las calles
en pleno duelo
de una ciudad que llora
por la muerte del Eterno.

Ya es silencio en Valdepeñas
y no hay nada que acalle el llanto
de una madre que se queda sola
y que sola sufre tanto.

Hoy ya sólo queda callar
y mis hermanos, los cristianos,
con el sagrario vacío
nos tenemos que acostar,

sufriendo la ausencia
del Señor que se va
porque ni el dolor
ni la muerte quiso evitar.

Ya el Padre ha quedado mudo.
Ya en la tierra ha caído el grano de trigo.
Ya el Amor ha dado su vida.
Ya han salido huyendo sus amigos.

No hay corazón que soporte
ver a Dios en el sepulcro.
No hay lágrima que aguante
ver a tu madre de luto.

Ya no hay nadie que pueda decir que no ames,
Ya lo has dicho todo, derramando tu sangre.

Porque muriendo a amar nos enseñas.
Porque muriendo amaste al mundo,
a Jerusalén, a Valdepeñas.


CAPÍTULO X:
Sábado Santo

Pascua, Pascual…
Pascual me ha llamado tantas veces una madre que ya era abuela cuando
la enfermedad y los años iban llevándose lucidez y recuerdos…

Pascual me llamaba, por demencia y por anhelo, una mujer a la que, un
fatal accidente del que nunca se hizo justicia, se llevó por delante las vidas
de su vecino y de su hijo.

Pascual me llamaba una madre a la que le arrebataron a su hijo con apenas
quince años. Y a la que la genética, coherente y caprichosa, le regaló a este
nieto que está aquí ante vosotros y que se parecía a su Pascual.

Cuántas lágrimas de mi abuela Miguela
han sonado como las tuyas, Madre.
Cuántos sábados camino al cementerio
han sabido a aquel primer Sabbat
donde todo el mundo descansaba
menos la madre que había perdido al hijo
y juntaba los perfumes para irlo a embalsamar.

Este sábado es tuyo,
madre de la Soledad.
Porque sola los cristianos
ya no te queremos dejar.

Porque bastante soledad
hay ya en las familias,
de esa soledad profunda
que sólo tú puedes llenar.

Porque así llenaste la mía.
Porque mis abuelos, por la fe,
han luchado cada día.

Porque cuando toca llorar partidas,
cerrar heridas y reconstruir vidas,
a nadie se le ocurre la osadía
de no agarrase a tu mano bendíta.

Que los cristianos sabemos bien
que no defraudas al que guías
que el dolor eres maestra y señora,
madre de la Soledad, santa Virgen María.


CAPÍTULO XI
Domingo de resurrección

Se pasa la Soledad y cae la noche. El silencio se apodera de nuestra pequeña
Jerusalén que ha acompañado a su madre, sola, por las calles de su pueblo.

Pero este silencio dura poco.
Enseguida lo rompen las campanas de los cantos
de aquellos que, reunidos en los templos,
damos cuenta de este gran acontecimiento,
que no es otro que la victoria de la Vida sobre la muerte
¡que ha resucitado el Maestro!

Y cantamos el Gloria con los ángeles
y aunque lo sabíamos,
casi no nos lo creemos
porque no puede estar vivo
quien colgaba del madero.

Porque en esta noche santa
todo el mundo entero
sabe que no es una farsa,
que eres verdadero.

Que estás resucitado,
que la muerte en ti no manda,
y que no es un final feliz,
como un cuento de hadas.

Es el Padre que acepta tu sacrificio
como Pascua inmolada
que nos consigue el perdón
y nos alcanza por nada
la Vida de hijos plena
en la comunión Trinitaria
que no es otra que el amor a mansalva.

Cuenta la Escritura, que Jesús, nada más resucitar, se apareció a María
Magdalena. Después a las mujeres – siempre las mujeres, qué importantes
las mujeres – y después a Pedro, a dos discípulos que iban a Emaús y así a
muchos hasta llegar a quinientos a la vez.

¿Pero a su madre?
En ningún momento dice la Biblia que Jesús resucitado se encontrara sólo
con su madre. Y ¿entonces? ¿Qué haces, Valdepeñas, cada mediodía de este
domingo glorioso? ¿Te inventas algo que no pasó?

Pues es que la Biblia, dice san Ignacio, ya presupone que el primer consuelo
del Hijo sería para su madre, que estuvo al pie de la cruz. Y que no podía
menos que ir corriendo a buscarla y fundirse en un abrazo que juntara el
Cielo con la Tierra.

He pensado muchas veces en esto:
¿Cómo sería el momento
que Valdepeñas presencia en el encuentro?

- Hijo, ¿dónde estás? ¿Qué raro te veo?
No pareces el mismo, aunque el mismo te siento.

- Mamá, que no estoy muerto
pero ya no es de este mundo
tampoco mi cuerpo.

Que ya es glorioso todo lo que soy
porque al Padre vuelvo
con la humanidad que me diste.

Ahora no se pueden separar
porque tú, madre, emprendiste
la obra en que la humanidad
se desposa con el Verbo.

Y por María, cabeza de los creyentes
que dio su sí en lo secreto,
ya en lo que era Dios
entra también lo nuestro.

Por eso ni mi tío Pascual
ni todos los que se fueron
están en cualquier lugar
o viven sólo en nuestro recuerdo.

Viven en Dios eterno,
que ha abierto sus entrañas
resucitando a su Hijo
que se hizo carne humana
por el sí de la Virgen,
su humilde esclava.

¿Por qué, Señor, te preguntaba,
al principio de este pregón,
por qué no nací cuando tú
y te vi andar por Galilea?

Y ahora lo entiendo todo
después de ver esta escena.

Que tu resurrección
no es final sino tarea
de decirle a todo el mundo
que vive conmigo y pelea
que tenemos un Dios
que ama hasta la desesperación
de dar su vida por nosotros
y que a la muerte venció.


DESPEDIDA

Ya me despido de ti, Valdepeñas.
Ya me voy, mi Valdepeñas querida.
Ahora este pregón es tuyo y lo comentarás, supongo,
y lo hablarás con algún café o en alguna tertulia.

Sé benévola, te lo pido,
con este niño del tambor
que ha abierto aquí
de par en par, su corazón.

Pero tengo prisa. Quiero irme
a vivir la vida de resucitado
que me regala el Nazareno
que por mí se ha entregado.

Yo, con mi mujer, mi familia
con mi coro y mis alumnos
y cada cual donde Dios le pida,
en su trozo de mundo.

Quiero que me tachen de cristiano
y más en esta Semana Santa
porque no se me ocurre un piropo más sano
y que más me haga falta.

Quiero andar en su cortejo
y que todo el mundo me vea
y que me asocien a él
porque no me acomplejo.

Porque ahora soy de los suyos.
Y a todos estos, que aquí estamos,
os invito con pasión y valentía
a los hijos de quien es Consolación de los cristianos.

A esta ciudad, que durante este pregón ha sido un rato mía,
a mi ciudad, para más señas,
no me cabe en el pecho otro afán
que gritar todas con mis fuerzas:
¡Vivamos la Semana Santa, Valdepeñas!

He dicho.

                                 A.M.D.G.





















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